El agotamiento era una manta pesada, pero dulce. Frederick y yo estábamos enrollados en el amplio sofá de cuero, compartiendo otra manta de lana que él había sacado de no sé dónde. Yo, medio vestida con mi ropa hecha jirones y cubierta hasta el cuello, apoyaba la cabeza en su pecho, aún resonando con el eco de nuestros latidos acelerados. La habitación era un testimonio silencioso y desordenado de nuestra pasión: papeles esparcidos, la silla volcada, mi blusa destrozada cerca del escritorio.
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