Las horas pasaban y Frederick no salía de su estudio. De vez en cuando, pegaba la oreja a la puerta, pero no escuchaba nada. Todo estaba sumido en un completo silencio, como si no hubiera nadie, pero yo sabía que estaba ahí.
Me preocupaba mucho su silencio. Después de enterarse de la apelación, me imaginé que estaría vuelto una furia incontrolable, pero no era así. Este silencio… Era más peligroso.
Preparé un sándwich de atún y lo puse en la charola junto a un vaso de jugo. Subí nuevamente al