Capítulo 39.
Contrario a lo que imaginaba, el hombre no me condujo a su casa ni a la casa de algún conocido.
Abandonamos la aldea por un sendero estrecho que descendía hasta un riachuelo poco transitado. El murmullo del agua era lo único que rompía el silencio.
Otto caminaba con dificultad. El alcohol aún entorpecía sus pasos, aunque ya no parecía tan perdido como unos minutos antes.
En cuanto llegó a la orilla, se dejó caer de rodillas.
Hundió ambas manos en el agua cristalina y bebió con desespera