Capítulo 44.
No toqué la comida ni el agua.
Al menos, no durante los primeros días.
La mucama que había aparecido con aquella primera bandeja parecía haberse convertido en una especie de niñera. Entraba una vez cada cierto tiempo, siempre con la misma expresión aburrida, miraba hacia la cama y me preguntaba si ya había comido.
Yo no respondía.
Ella tampoco insistía.
Simplemente se marchaba y me dejaba a solas durante horas.
El lobo tampoco volvió para «decirme qué era lo que esperaba de mí».
No cambiaron la