Maya
El agua del lago estaba mansa esa mañana, un espejo de plata que reflejaba un cielo sin nubes.
Caminaba por la orilla, dejando que el frío del agua lamiendo mis pies descalzos me recordara que seguía viva, que seguía siendo la Luna de los Blake, a pesar de que en las últimas semanas me hubiera sentido como una extraña en mi propia piel.
El barro fresco se colaba entre mis dedos, una sensación terrenal que intentaba calmar la ansiedad que, como un parásito, se alimentaba de mi paz.
Me llevé