Emma
Magnus me había repetido mil veces que no le abriera la puerta a nadie. Me quedé hecha un ovillo sobre la cama, sintiendo cómo el colchón de su habitación se sentía demasiado grande y demasiado ajeno. El sonido de los nudillos golpeando la madera me hizo saltar. Era un toque rítmico, constante, que me puso los pelos de punta.
Mis sentidos estaban disparados. Podía oler el barniz de la puerta, el polvo en las cortinas y el rastro de lluvia que venía de afuera. Me encogí más, alerta, con el