Magnus llevaba horas sentado en el borde del catre con los codos sobre las rodillas y la vista fija en el suelo de cemento, sin ver realmente nada.
Pensaba en la manada.
No podía evitarlo.
Había intentado no hacerlo, intentado mantener la cabeza en Emma, en Rico, en el plan que todavía no era un plan sino solo una intención y un puño apretado. Pero la manada se le colaba igual, como siempre lo había hecho, como lo había hecho desde niño cuando aprendió que ese territorio no era solo tierra sino