Emma
Magnus no terminó de hablar y el aire se volvió insoportable.
Lo tenía rodeándome los hombros, con su brazo firme, casi duro, pegándome a su cuerpo. Yo apenas podía respirar, pero no quise moverme. La sala estaba llena de ojos clavados en nosotros, de bocas apretadas, de manos tensas sobre la mesa. Dominic seguía de pie frente al Consejo, con la cara torcida por una rabia que ya no parecía tener nada de control.
— Y si tengo que pasar por encima de ti para sacarla de aquí, lo haré —había d