Emma
Magnus me guio suavemente hacia la orilla de la cama. Sus manos me trataban como si fuera una pieza de cristal antiguo que temía romper. Se sentó frente a mí, con las rodillas rozando las mías, y empezó a hablar. Sus labios se movían, su expresión era seria, cargada de una urgencia que en cualquier otro momento me habría puesto en alerta máxima.
Pero no podía concentrarme.
Sus palabras me llegaban como ecos distantes, como si estuviera bajo el agua. Intenté prestar atención, de verdad lo i