Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 3
Emma
Despierto sin entender por qué siento el pecho tan apretado. Durante unos segundos me quedo quieta, mirando el techo, dejando que mi respiración se acomode mientras intento ubicarme. La habitación está en silencio, la luz entra por la ventana como cualquier otro día, y no hay nada fuera de lugar. Todo parece exactamente igual que siempre.
Me giro despacio, buscando con la mano el borde de la cama, la sábana, la almohada… todo está en su sitio. Estoy en casa.
Cierro los ojos otra vez y dejo escapar el aire lentamente, intentando ordenar lo que queda flotando en mi cabeza. Hay imágenes, pero no terminan de formarse del todo. Recuerdos que se rompen antes de tener sentido: el bosque, la oscuridad, el cuerpo de Dominic cambiando de una forma que no debería ser posible, esos ojos que ya no eran humanos. Trato de sostenerlos, de darles forma, pero se deshacen como si fueran humo.
Fue un sueño.
Tiene que serlo.
Me acurruco mejor, abrazando la almohada contra el pecho, buscando esa sensación simple y conocida que siempre me tranquiliza. El olor limpio de la tela, el peso de mi propio cuerpo hundiéndose en el colchón, el silencio. Todo lo demás no encaja con nada que exista. No puede encajar. Los hombres lobo no existen. Dominic no es… eso. No hay forma.
Dejo escapar una pequeña risa sin humor, más parecida a un suspiro.
Claro que fue un sueño.
Mi cabeza está jugando conmigo. La semana sin él, la discusión, la tensión acumulada… todo se mezcló y terminó en esa pesadilla absurda. No es la primera vez que me pasa, aunque nunca había sido tan vívido, tan real. Pero no deja de ser eso. Un sueño.
Aprieto la almohada un poco más fuerte, cerrando los ojos con intención de volver a dormirme, de borrar del todo cualquier resto de esa sensación incómoda que se ha quedado pegada en mi pecho.
Me parece escuchar voces.
No abro los ojos de inmediato. Al principio pienso que forma parte de ese mismo estado extraño entre el sueño y la vigilia, algo que mi mente todavía no ha soltado. Pero vuelven. Más claras. Más cercanas. No es un ruido lejano ni algo de la calle. Está dentro de la casa.
Abro los ojos de golpe.
Me quedo completamente quieta, escuchando. El silencio de la habitación contrasta con ese murmullo que llega desde el salón. Son varias voces, masculinas, hablando en un tono bajo pero firme, como si estuvieran discutiendo algo importante. Mi cuerpo se tensa de inmediato y el corazón empieza a latirme con fuerza.
No debería haber nadie.
Me incorporo despacio, sin hacer ruido, dejando que mis pies toquen el suelo con cuidado. Miro alrededor buscando algo que me dé una mínima sensación de control y tomo lo primero que encuentro sobre la mesilla. No es gran cosa, pero lo sujeto con ambas manos como si eso pudiera servirme de defensa.
Camino hacia la puerta con pasos lentos, midiendo cada movimiento; me detengo un segundo, conteniendo la respiración, pero las voces continúan sin alterarse. Nadie parece haberse dado cuenta de que estoy despierta.
Cuando llego a la puerta, apoyo la mano en el pomo y lo giro con cuidado. La abro lo justo para asomar la cabeza.
¡No puede ser…!
Cinco hombres ocupan el salón como si les perteneciera. Ninguno me resulta familiar. Están distribuidos por la habitación, algunos apoyados contra los muebles, otros de pie, todos con una presencia que me pone la piel de gallina.
Y al fondo, junto a la pared, está Dominic.
No habla en ese momento. Solo observa. Su expresión es seria, distante, completamente distinta a la que conozco.
Cierro la puerta con cuidado y giro el seguro con manos temblorosas. Me quedo pegada a la madera, como si eso fuera suficiente para separarme de lo que acabo de ver. Mi respiración se descontrola y tengo que llevarme la mano a la boca para no hacer ruido.
No entiendo nada.
Intento pensar, pero mi cabeza no responde. Solo puedo escuchar.
—…es un problema.
La voz llega amortiguada, pero clara.
—Es humana.
Otra voz responde, más directa y gruesa.
—Si habla, estamos expuestos.
Siento cómo el frío me recorre la espalda.
—No puede hablar.
—Entonces habrá que asegurarse. Siempre que los humanos confirman nuestra existencia… algo sale mal. Como si los hombres lobos no convivieran con ellos día a día. Se creen los únicos.
Mi mano se aprieta más contra mi boca. Las lágrimas empiezan a caer sin que me dé cuenta, resbalando por mi piel mientras intento mantenerme completamente inmóvil.
No fue un sueño.
¡No fue un sueño!
—No podemos permitirnos riesgos. Cuando asumas el mando lo que menos quieres es un caos o que la gente hable
—Ya es un riesgo.
—Se soluciona. Ya sabemos qué hacer con ella.
Las palabras no necesitan explicación. Mi cuerpo lo entiende antes que mi mente. No están hablando en abstracto. Están hablando de mí.
Me separo de la puerta sin dejar de escuchar y miro la habitación con desesperación. Mis ojos encuentran mis zapatos y me muevo hacia ellos casi sin sentir el suelo bajo mis pies. Me los pongo rápido, sin atarlos bien, con manos torpes que apenas responden.
Tengo que salir de aquí sin que se den cuenta.
Miro hacia el balcón.
Un golpe seco contra la puerta me hace dar un salto. El pomo se mueve con violencia, como si alguien intentara forzarlo.
—Abre —dice una voz, esta vez demasiado cerca.
Me cubro la boca con más fuerza, ahogando un sollozo.
—No va a abrir —responde otro—. Quítate. Derribaré la puerta, está despierta, antes escuché sus pasos y ahora puedo oír su respiración agitada. Apuesto a que tiembla como un cervatillo. De una patada puedo abrir esta puerta.
—No —esa es la voz de Dominic—. Nadie va a entrar.
—¿Y qué quieres que hagamos? —replica el otro—. ¿Esperar a que corra a contárselo a todo el mundo?
Otro tirón del pomo. El seguro cruje.
—Apártate —insiste—. Esto se resuelve ahora.
—He dicho que no.
—Aún no eres Alfa —escupe uno—. No puedes decidir esto solo. Porque si ella habla, nos implica a todos.
—Entonces no me obligues a demostrarte si soy el jefe o no, Ryan —responde Dominic.
El pomo vuelve a sacudirse.
Ese es el momento en que dejo de pensar.
Me separo de la puerta y corro hacia el balcón.
Me asomo lo justo para ver el balcón del vecino. No está tan lejos. Hay un espacio entre ambos, incómodo, peligroso, pero alcanzable si salto.
No hay otra opción.
Hacer esto es más seguro que quedarme en una casa donde unos hombres desconocidos hablan de deshacerse de mí mientras mi novio no dice nada.
Subo al borde, apoyando las manos en el muro. El cemento está frío, áspero bajo mis dedos. Mi corazón late tan fuerte que me ensordece. Ponerme nerviosa no ayuda, sé que puedo carme, pero también sé que quedarme en esta casa supone el mismo peligro, o peor.
—Emma. —La voz detrás de mí me atraviesa. No me giro—. Baja. —Su tono no es agresivo. Eso lo hace peor—. Te vas a hacer daño.
Mis manos se aferran más fuerte al borde. ¿Más daño del que me harán ello? No lo creo.
No puedo mirarlo.
No puedo volver atrás.
Siento su presencia acercarse, cada vez más cerca, y mi respiración se acelera hasta doler.
—Emma, mírame.
No.
No quiero ver qué es.
No quiero confirmar que es real.
Y salto.
El vacío entre los balcones dura menos de lo que esperaba, pero mi cuerpo se tensa como si fuera una caída interminable. Por un instante creo que lo lograré, que voy a alcanzar el otro lado, pero antes de que mis pies toquen el suelo, unas manos me sujetan en el aire.
Me devuelven hacia atrás, contra un cuerpo que reconozco sin necesidad de verlo.
—Por favor… —mi voz se rompe antes de terminar la frase—. No me hagas daño. —Las palabras salen atropelladas, desesperadas, mientras intento alejarme sin conseguirlo—. No voy a decir nada, te lo juro… no se lo diré a nadie…
Él suelta una pequeña risa, sin dureza, pero completamente fuera de lugar.
—Emma…—Sus brazos me sostienen sin apretar, sin hacerme daño—. Tranquila. —Me cuesta respirar. Me cuesta pensar—. No voy a hacerte daño.
Levanto la mirada poco a poco.
Y lo veo.
Es él.
El mismo rostro, la misma expresión, la misma mirada que conozco.
Pero ya no es suficiente.
—¿Es verdad? —pregunto, con la voz temblando—. ¿De verdad eres…?
No termino la pregunta. No puedo ni decirlo en voz alta.
—Sí.
El aire se me escapa del pecho.
—P-Pero…
—Te lo mostré en el bosque. Y luego te desmayaste.
Cierro los ojos un segundo y las imágenes vuelven, más claras esta vez. No son fragmentos sueltos. Son recuerdos.
Y son reales.
Un sollozo se me escapa sin poder evitarlo.
—Pensé que tenías otra familia… —murmuro—. Una esposa, hijos… cualquier cosa. —Lo miro, con los ojos llenos de lágrimas—. Todo eso habría sido más fácil de aceptar.
Él se acerca y me abraza.
Y odio que ese abrazo siga siendo el mismo.
—Te extrañé —dice en voz baja. No sé qué responder—. Ya no voy a desaparecer —añade—. No más mentiras.
Me separo un poco.
—¿Por qué?
Su expresión cambia.
—Porque te vienes conmigo.
Mi cuerpo se queda quieto.
—¿Qué?
—Tengo que regresar. Soy el heredero. Voy a ser el Alfa. —Las palabras no encajan. ¿Alfa? ¿Heredero? No sé a qué se refiere. ¿Es como un título de presidente?—. Quiero que conozcas mi mundo —continúa—. Mi gente. Quiero que estés conmigo.
Niego, incapaz de procesarlo.
—Aún espero que esto sea mentira.
—No lo es.
Se inclina y me besa.
Y eso es lo que más me descoloca.
Porque sigue siendo él.
Pero no lo es.
—Haz tu maleta —murmura—. Nos vamos en quince minutos.
—Pero dijiste que esto estaba prohibido… una relación con una humana.
Sus manos buscan las mías.
—Lo está.
—Entonces…
—Si soy el líder, nada es prohibido para mí.
Suena tan seguro que debería tranquilizarme.
No lo hace.
—No sé si quiero ir —confieso—. No sé si quiero estar rodeada de… lobos.
Su mirada se endurece apenas.
—Ya no puedo seguir viviendo como antes. No sé si podré volver. —Mi pecho se aprieta al escucharlo—. Muchas cosas van a cambiar para mí. Y te necesito conmigo. —Bajo la mirada, intentando entender lo que siento. Quiero confiar en él. Quiero creer que sigue siendo el mismo. Pero algo dentro de mí no encaja—. Me quedé con los humanos por ti —dice en voz baja—. Pero ahora tengo que volver. Es mi deber.
Levanto la vista.
—Dominic…
—No puedo hacerlo sin ti.
Y esa frase…
Esa es la que termina de hacer que dude.







