Sí, mi novio es un hombre lobo

Capítulo 2

Emma

—No soy un extraterrestre y esto no es una excusa —dice—, soy un hombre lobo. Y está prohibido emparejarnos con los humanos.

Lo miro un segundo. Solo uno. Intento sostenerle la mirada como si eso fuera suficiente para desarmar lo que acaba de decir, como si en algún punto fuera a romper a reír y decir que todo es una broma de mal gusto. Pero no lo hace. No hay rastro de ironía en su cara, ni en sus ojos, ni en la forma en que se queda quieto frente a mí, esperando algo que no entiendo.

Y entonces me río.

¿Qué más puedo hacer? ¡Reír! No es una risa controlada. Me sale de golpe, como si mi cuerpo hubiera decidido por mí que esa es la única respuesta posible. Me llevo la mano a la boca, intento contenerme, pero no puedo. Cuanto más intento parar, más se me escapa, más absurda me parece la situación. Me doblo un poco hacia adelante, negando con la cabeza mientras lo miro otra vez, buscando alguna señal que confirme que esto no es real.

—¿Un hombre lobo? —consigo decir entrecortado—. ¿Eso es lo mejor que tienes después de una semana desaparecido?

Él no cambia la expresión.

—Emma, escúchame.

Eso solo hace que me ría más. Hay algo en su tono que debería frenarme, que debería hacerme reaccionar, pero lo único que consigue es lo contrario. Intento pasar a su lado, quiero salir de ahí, quiero alejarme de esa conversación ridícula, pero se mueve lo justo para bloquearme otra vez. Y eso, lejos de enfadarme, me provoca otra carcajada.

—No, de verdad, espera —digo, levantando una mano como si necesitara un segundo para recomponerme—. Dame un momento… porque esto… esto es increíble.

Siento que me falta el aire de tanto reír. Intento hablar, pero las palabras se rompen en medio de las risas, salen mal, incompletas.

—¿También… también tienes colmillos y… y corres por el bosque o cómo va esto?

Él da un paso hacia mí y me agarra de la mano. El gesto es firme, decidido, sin espacio para discutir. Antes de que pueda reaccionar, tira de mí hacia la puerta. Intento soltarme, pero no lo consigo, y tampoco estoy realmente concentrada en hacerlo porque sigo riendo, aunque ahora la risa suena diferente, más irregular, más nerviosa.

—Dominic, ¿qué haces? —consigo decir casi sin voz.

No responde. Simplemente abre la puerta y me saca del apartamento como si nada más importara. Bajamos las escaleras rápido, casi sin detenernos, y cuando estamos fuera, siento que la risa debería calmarse, pero no desaparece del todo. Se queda ahí, más baja, más inestable, como si no supiera si seguir o apagarse.

—Estás… estás loco —murmuro mientras intenta seguirle el ritmo—. De verdad… completamente…

No termino la frase porque cruza la carretera sin detenerse y me arrastra con él hacia la zona del bosque. Apenas hay luz allí. El ruido de los coches queda atrás y el sonido cambia, se vuelve más denso, más cerrado. Las ramas crujen bajo nuestros pasos, el suelo está húmedo y desigual, y mi risa se va apagando poco a poco, sustituida por una sensación que no me gusta.

¿Estoy asustada? ¿Por qué estamos aquí?

No entiendo nada, pero quiero regresar a la casa, tomar mi maleta y marcharme.

—Dominic, para —digo esta vez con más claridad, intentando tirar de mi brazo—. Ya basta. ¡¿A dónde me llevas?! No quiero que inventes excusas, tan solo… acepta que se acabó.

No me suelta hasta que estamos lo suficientemente dentro como para que la carretera desaparezca por completo. Entonces se detiene y me suelta de golpe. Me quedo frente a él, respirando agitada, con el pecho subiendo y bajando demasiado rápido, todavía con restos de esa risa incómoda atrapados en la garganta.

—Bien —digo, pasándome una mano por la cara—. Ya. Se acabó la broma. ¿Qué demonios haces? ¿A qué vinimos aquí?

—Tengo que mostrarte, supongo que es la única forma en la que puedes creerme. —Me mira. Y hay algo en esa mirada que no estaba antes. Entonces empieza a quitarse la chaqueta.

Frunzo el ceño.

—¿Qué haces?

Se quita la camiseta. Mi respiración se corta un segundo, no porque no lo haya visto antes, sino porque mi cuerpo reacciona igual que siempre, aunque no quiera. Es automático, incómodo en ese momento, fuera de lugar.

—Dominic —repito, más baja—. ¿Qué estás haciendo?

No me responde. Se desabrocha el pantalón y siento cómo la tensión cambia por completo. La risa desaparece. Ya no queda nada de eso.

—Oye… —doy un paso atrás—. Esto no tiene gracia. ¿Para qué te quitas la ropa? ¿Crees que vamos arreglar esto con sexo en medio de la naturaleza? ¡Ni hablar!

Sigue sin detenerse. Se queda completamente desnudo frente a mí y esa imagen, que en otro momento me habría hecho reaccionar de otra forma, ahora solo me pone en alerta.

—Para —añado—. No hagas esto.

Da un paso hacia atrás. Estoy asustada, no entiendo nada. Siempre actúa raro, fuera de lo normal, pero esta es la mayor de sus rarezas.

—No te asustes.

La frase me eriza la piel. ¡¿Cómo no voy a estar asustada?! Ahora mismo lo único en que pienso es en lo lejos que estoy de la carretera… y lo muy probable que es que nadie me escuche si grito.

—No estoy asustada —respondo rápido, ocultando la mentira lo mejor que puedo—. Estoy confundida.

Pero no es verdad.

Algo empieza a sentirse mal. No sé explicarlo de otra forma. Es una sensación que no encaja, como si algo peligroso estuviese a punto de ocurrir. Su cuerpo se tensa de una manera extraña, los músculos se marcan más, como si algo estuviera empujando desde dentro, como si ya no cupiera dentro de su propia piel.

—Dominic… —mi voz ya no suena firme. Estoy a punto de llorar, siento que mi cuerpo tiembla de miedo, miro de nuevo hacia atrás, calculando la distancia que hay hacia la salida, pero cuando estoy nerviosa el cuerpo no suele responderme, sé que si corro sin tranquilizarme… solo me caeré.

Él cierra los ojos un segundo, y cuando los abre, algo en ellos ha cambiado. No es solo el color, es la forma en que me mira. Su respiración se vuelve más profunda, irregular, y un sonido bajo sale de su garganta que no reconozco.

Doy otro paso atrás.

—Para —repito, pero ahora no suena como una orden—. ¡Me estás asustando!

Sé que ahora es cuando debo correr, intentar escapar, pero el cuerpo no me responde, solo la voz.

Su cuerpo se arquea de forma brusca y el primer crujido me atraviesa el pecho.

¡Dios, Dios, Dios! ¡¿Qué demonios está pasando?!

—¡Para ya! ¡Detente!

Sus manos cambian primero, los dedos se alargan, las uñas se endurecen, se convierten en algo que ya no es humano. Su pecho se expande, la piel se tensa hasta el límite y luego el pelo aparece, oscuro, cubriéndolo.

No puedo moverme.

No puedo dejar de mirar.

Otro crujido. Más fuerte.

Mi rostro está lleno de lágrimas, no puedo ni apartarlas, mis labios está abiertos por la sorpresa y no soy capaz ni pestañear, siento que si lo hago… esta bestia en la que se está convirtiendo mi novio puede devorarme.

Su cuerpo cae hacia adelante, pero no como una persona y cuando levanta la cabeza ya no queda nada de Dominic en la forma que conozco.

Es un lobo.

Negro.

Enorme.

Mucho más grande de lo que debería ser. Un lobo… es imposible que pueda tener ese tamaño.

Sus ojos siguen ahí.

Me están mirando.

Mi espalda choca con un árbol y no recuerdo haberme movido hasta ahí. Todo se vuelve demasiado rápido, demasiado real. Intento respirar, pero el aire no entra bien. Mis manos tiemblan, mi cabeza no consigue procesar lo que está viendo.

El lobo da un paso hacia mí y justo cuando está cerca, cuando su enorme hocico roza mi cara, mi cuerpo se desploma.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP