Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 4
Emma
No dije que sí.
«No puedo hacerlo sin ti»
Pero yo ya estaba retrocediendo, sacudiendo la cabeza como si eso pudiera borrar los últimos minutos. El beso todavía me quemaba los labios, pero no era suficiente. Nada de lo que había dicho era suficiente. Me solté de sus manos y di otro paso atrás, tropezando.
—No —dije, haciendo que mi tono fuese firme, no podía dejarme convencer con palabras bonitas, no hablábamos de irnos a vivir a otra ciudad, otro país, sino… de cosas sobrenaturales que solo deberían de existir en las películas—. No voy a ir a ninguna parte contigo. Hemos terminado.
Vi el cambio en su cara. Ese destello de sorpresa que duró menos de un segundo antes de que volviera a poner la máscara de calma. Abrió la boca para hablar, pero levanté la mano.
—Necesito pensar. Sola. Y tú… tú necesitas resolver lo que sea que tengas que resolver sin arrastrarme a mí. Porque esto —señalé el espacio entre los dos— ya no es solo una relación complicada. Es una puta locura.
No esperé a que respondiera. Agarré la maleta, la chaqueta y salí del dormitorio sin mirar atrás. Escuché sus pasos siguiéndome, pero no me detuve. Bajé las escaleras del edificio más rápido de lo que nunca había bajado nada en mi vida, y cuando llegué a la calle, miré hacia atrás para ver si me seguía.
Llamé a Sarah desde el móvil mientras caminaba. Le dije que había pasado algo, que necesitaba quedarme en su casa un par de días. No pregunté si le parecía bien; simplemente lo necesitaba. Ella respondió con un «ven ya» sin hacer preguntas. Por eso era una de mis mejores amigas.
Mientras caminaba a la parada de autobús me sentía un tanto paranoica. Cada sombra en la acera, cada coche que pasaba demasiado despacio, me hacía mirar por encima del hombro. El corazón todavía me latía en la garganta. Intentaba comprender lo que había visto, lo que había oído, pero mi cerebro se negaba. Hombres lobo. Alfas. Manadas. Sonaba a película mala de medianoche, no a la vida real. Y sin embargo… había visto cómo su cuerpo se rompía y se recomponía. Había visto esos ojos.
Casi me había convencido. Casi. Sus palabras bonitas, esa forma de mirarme como si yo fuera la única cosa estable en su mundo, habían estado a punto de hacerme decir que sí. Pero algo dentro de mí había gritado «no». Era exactamente como en esas películas de terror donde la protagonista sigue al chico misterioso a la casa embrujada y el público grita «¡no lo hagas, idiota!». Yo no quería ser esa idiota.
Llegué a la parada y solté la maleta a mi lado. El banco de metal estaba helado. Me senté, saqué el móvil y abrí la app del transporte. El siguiente autobús pasaba en diez minutos. Diez minutos. Podía aguantar diez minutos. Después estaría en casa de Sarah, me tomaría un té demasiado dulce y fingiría que nada de esto había pasado hasta que mi cerebro decidiera qué hacer con toda esa información.
Me froté los brazos. Miré el horario otra vez, como si mirarlo pudiera hacer que el autobús llegara antes. Diez minutos. Ocho ahora. El tiempo se movía raro, lento y pegajoso.
Escuché unos pasos y levanté mi cabeza.
Dos hombres se acercaron desde direcciones opuestas y se sentaron en el banco, uno a cada lado de mí.
Levanté la mirada hacia el de la derecha. Fue un gesto automático, de esos que haces cuando alguien invade tu espacio personal. Y vi un tatuaje que asomaba por el cuello de su camiseta. Un lobo negro, estilizado, con las fauces abiertas. El corazón me dio un salto a ver un lobo en el tatuaje.
Era una coincidencia, ¿no?
Giré la cabeza hacia el izquierdo. Él tenía el mismo tatuaje. Exactamente el mismo, subiendo por la piel hasta desaparecer detrás de la oreja.
Por un segundo me quedé paralizada. Eran ellos. O al menos eran de los mismos. Los mismos que habían estado hablando de «solucionar» el problema que yo representaba. La sangre se me bajó a los pies. Miré alrededor: la parada estaba vacía. Nadie más. Ni siquiera el señor mayor que siempre esperaba el autobús a estas horas. Solo yo y dos lobos con tatuajes idénticos ¡de lobos!
Me levanté despacio, intentando que pareciera natural. Agarré la maleta como si nada, como si solo hubiera recordado que se me había olvidado algo en casa. Di un paso. Luego otro. Los pies me pesaban. Sentía sus miradas clavadas en mi espalda, aunque no había girado la cabeza para comprobarlo.
Un vehículo negro se detuvo junto a la acera con un ronroneo suave. Demasiado silencioso para ser un taxi. Demasiado grande. Las puertas se abrieron antes de que el coche se detuviera del todo.
Todo pasó demasiado rápido.
El de la derecha se levantó de un salto y me agarró por el brazo. El de la izquierda ya estaba bloqueándome el paso por delante. Intenté gritar, pero solo me salió un sonido ahogado. Tiré de la maleta como si eso pudiera servirme de escudo y corrí. Corrí hacia la carretera, hacia cualquier lado donde hubiera gente, luces, testigos.
No llegué lejos.
Uno de ellos apareció delante de mí como si se hubiera teletransportado. Sus manos me sujetaron por los hombros con una fuerza que no parecía humana. El otro me rodeó la cintura desde atrás y me levantó del suelo. Pataleé. Golpeé. Arañé. Mi codo conectó con algo duro y escuché un gruñido, pero no me soltaron.
—¡Suéltenme! —grité, y esta vez sí salió fuerte—. ¡Auxilio!
Me metieron en la parte de atrás del coche. Había dos hombres más dentro. Uno conducía. El otro esperaba con una expresión aburrida, como si esto fuera algo rutinario. Cerraron las puertas una vez que yo estaba dentro. El coche arrancó antes de que pudiera volver a gritar. Pensé que vería a mi novio allí, negándose a que yo lo abandonara, volviendo a suplicar para que lo acompañara.
Pero aquellos rostros eran desconocidos.
Luché como si me fuera la vida en ello. Di codazos, patadas, intenté arañar ojos, morder manos. Uno de ellos maldijo cuando mi uña le abrió un corte en la mejilla. Otro me sujetó las muñecas por encima de la cabeza. Me retorcí, intenté darles una patada en la entrepierna, pero eran demasiado rápidos, demasiado fuertes.
—Estate quieta —gruñó el que tenía más cerca. Su voz era grave, casi un ronroneo animal.
—No —jadeé—. No voy a ir con ustedes. ¡Déjenme! ¡Esto es un secuestro! ¡Si esto es un plan de Dominic…! —Todavía quería creer que era él, que había organizado todo esto.
Sentí un paño húmedo contra mi boca. Olía demasiado fuerte. Intenté girar la cabeza, pero una mano grande me sujetó la nuca. El paño se apretó más. Inspiré por la nariz y el mundo empezó a inclinarse.
—No… —murmuré contra la tela, pero la voz ya no era mía. Sonaba lejana, como si hablara desde el fondo de un pozo.
Todo se volvió borroso. Los rostros de los hombres se difuminaron. Sentí que mi cuerpo se volvía pesado, como si alguien hubiera vertido plomo en mis venas. Intenté luchar una vez más, pero mis brazos ya no respondían. Las rodillas me fallaron.
—Ya tenemos a la humana —escuché decir a uno de ellos.
¿Humana? Entonces sí eran lobos.
Podrían ser… de la manada de Dominic.
Lo último que pensé, antes de que todo se volviera negro, fue en Dominic. En esa mirada que me había puesto cuando le dije que no. En cómo había prometido que ya no habría más mentiras. Y en cómo, al final, todo había sido una maldita trampa desde el principio.
¿Era él? Tenía que ser él… que no me dejaba marcharme.







