44.
MICHAEL
Apenas el coche se detiene frente a la casa, bajo sin esperar a que el chofer rodee para abrirme. Tomo las maletas del baúl y las lanzo dentro del recibidor sin cuidado. El golpe seco contra el suelo rompe el silencio tenso que traíamos desde el edificio de Raquel.
—Ya está —digo, sin mirarla todavía—. Tomé una decisión.
Sara entra detrás de mí. Cierra la puerta con calma. Demasiada calma. Cuando por fin me giro, la encuentro apoyada contra el marco, observándome como si ya supiera exactamente qué voy a decir.
—Lo sé —responde.
Frunzo el ceño. Esa no es la reacción que esperaba. No hay pánico. No hay súplica. No hay reproche.
—Quiero separarme —continúo, con la voz firme aunque por dentro todo me tiemble—. No voy a seguir fingiendo. No después de hoy. No después de verla.
Sara asiente despacio.
—Raquel —dice su nombre sin veneno, sin rabia—. Sí. La vi.
Se acerca unos pasos, lo justo para quedar frente a mí. Sus ojos están cansados, pero claros. No hay lágrimas.
—Antes ya lo s