13.
Michael
El teléfono suena una sola vez antes de que alguien atienda. Estoy de pie, aún con el saco colgado del respaldo de la silla, mirando el reloj como si eso pudiera acelerar algo.
—Oficina de dirección, buenos días.
—¿Raquel ya llegó? —pregunto sin rodeos.
Hay un silencio breve, el sonido lejano de un teclado.
—No, señor Banks. Avisó que hoy llegaría más tarde.
Mi cuerpo se tensa de inmediato.
—¿Dijo a qué hora?
—No, solo que tenía un asunto personal.
Agradezco de forma automática y corto. El teléfono queda en mi mano unos segundos más, como si pudiera darme otra respuesta si lo aprieto lo suficiente. No lo hace.
Un asunto personal.
Raquel nunca llega tarde sin avisarme antes. Nunca.
Y ayer… ayer me pidió tiempo.
La inquietud se instala como una presión constante en el pecho. Camino hasta la ventana, miro el estacionamiento. Todo sigue igual, pero yo no. Pienso en la noche anterior, en el whisky, en las horas perdidas, en no haber podido verla. En la sen