Grace se presionaba las sienes con fuerza, sintiendo que el tintineo de las cucharas de Derek y Doménica contra los tazones de cereal era un martillazo constante. La resaca le recordaba, con una pulsación rítmica en la nuca, cada trago de la noche anterior.
—Mamá, hoy es sábado —insistió Derek, tirando de su manga con entusiasmo—. Dijiste que iríamos a la empresa. Nos gusta ayudar a los pasantes.
Grace cerró los ojos, mareada. La luz que inundaba la cocina le resultaba agresiva, casi insultante