Dominic sintió que las piernas no le sostenían. El peso de la verdad le cayó encima como un montón de piedras. Sin importarle que el personal de la oficina se detuviera a mirar, se desplomó de rodillas frente a los pequeños. Quería tocarlos, necesitaba comprobar que eran reales, pero sus manos sacudían con tal violencia que las mantuvo en el aire, temiendo asustarlos.
—Yo no sabía... —su voz salió como un gemido agónico, rota por un llanto que no podía contener—. Les juro por mi vida que no sa