XXIII.
Las horas fueron pasando y decidimos irnos a casa, más que todo para que la abuela Carmen pueda descansar así que ahora estamos todos aquí en mi casa, excepto papá que por orgullo decidió quedarse en la clínica y se lo respeto, él sabrá si prefiere el orgullo antes que sus hijas.
-Abuela Carmen toma – digo dándole una sopita y sonríe –
- Gracias hija – agradece y vuelve la vista a la abuela Martha para seguir hablando –
Los abuelos Torrini y la abuela Martha se hicieron grandes amigos desde