Gina presionaba sus labios contra el cuello de Ares, desencadenando una reacción instantánea que lo hacía estremecer. Cada beso, cada caricia de sus labios encendía la pasión en él. Atravesó la extensa pradera a toda velocidad, dejando atrás las tierras del sur. Gina estaba frente a él, sus cuerpos rozaban, y la hombría de Ares palpitaba al sentir la proximidad de su entrepierna. Sus corazones laten al unísono, acelerados por el aroma embriagador de las feromonas de Gina, como cerezos en plena