Eros giró para mirar a su hija. La mirada risueña de la pequeña le llenaba el corazón de ternura, aunque también le provocaba un leve nerviosismo. Sin decir una palabra, se acercó a ella con cautela y se inclinó para admirar su dulce belleza. Al mirar esos ojitos brillantes que irradiaban inocencia y alegría, despertó en él una mezcla de amor y preocupación.
—Alfa guapo ¿Quiere ver los pececitos conmigo? —articuló Eos haciendo puchero y moviendo sus manitas de un lado a otro.
Eros y Hércules, al