Eos atravesaba velozmente el extenso bosque junto a Galilea; su corazón latía con fuerza mientras estaba aterrada por la vida de sus hijos, que no paraban de llorar. De repente, aparecieron entre los árboles Morgan y Aragne, acompañadas de otras ninfas. Aragne, al divisar a Eos, corrió hacia ella y la envolvió en un abrazo reconfortante, mientras dos de las ninfas se acercaron a los niños y los tomaron entre sus brazos. Las ninfas se ocuparon de tranquilizar a los pequeños, susurrando palabras