Edward Knoefel
Me desperté con la cabeza palpitando, la garganta seca como arena y un sabor amargo en la boca. La luz invadió la habitación de forma agresiva cuando mi madre descorrió las cortinas sin ningún miramiento. La vieja entrometida ya empezaba el día molestándome.
—Se acabaron las dudas —anunció con un aire de falsa serenidad, mientras el sol me daba de lleno en la cara, cegándome.
Me froté los ojos con irritación, gruñendo:
—¿De qué estás hablando, mamá? No tengo paciencia para enigma