Maitê Moreli
En cuanto cruzamos los portones de la propiedad, mi corazón dio un salto incómodo dentro del pecho. La casa, imponente como siempre, parecía observarnos en silencio con sus ventanas a modo de ojos atentos, y su fachada cargada de recuerdos. Pero, por primera vez en mucho tiempo, no regresaba como una invitada fuera de lugar ni como prisionera de las circunstancias. Volvía como… esposa. Y esta vez no era una forma de hablar.
Hunter y yo estábamos casados. De verdad. Con firmas, voto