Maitê Moreli
Conseguí esquivar el almuerzo alegando el cansancio del viaje, pero de la cena no hubo forma de escapar. Allí estábamos todos, sentados a la inmensa mesa del comedor. Mi madrina se quedó acompañando a mi madre, que aún convalecía en el bungalow y solo podía —y debía— comer algo ligero, una papilla. Léa, en cambio, estaba extasiada, como si todo aquello fuera un sueño de vacaciones lujosas.
El ambiente ya estaba cargado, y solo no empeoró porque, al parecer, Krystal había decidido n