212. No te lo vamos a permitir
Dante
El cristal de la mesa de centro de la mansión cruje bajo mi puño cerrado, pero el dolor físico es una mota de polvo comparado con el incendio que me devora el pecho. La sala de control está inundada por el brillo azul de las pantallas táctiles y el parpadeo de los mapas satelitales, pero para mí todo es una neblina de rabia. Isabel está en sus manos. Mi pajarito, la única línea de luz en mi maldito infierno, está atada en alguna parte mientras ese psicópata le apunta a la cabeza. Mateo e