155. Cazar a un ruso
Dante
El silencio en nuestra alcoba es tan denso que puedo escuchar el compás exacto y pausado de la respiración de Isabel a mi lado. Todavía no me acostumbro a esto.
A estirar la mano en la penumbra de la madrugada y encontrar su piel tibia, a despertarme con el aroma de su cabello enredado en mis sábanas y no con el sabor amargo de la paranoia quemándome la garganta.
Me quedo inmóvil, de espaldas al colchón, mirando el techo donde las sombras de las ramas de los árboles de los jardines exter