Bianca observaba con curiosidad el aire de misterio de Efraín.
—¿Por qué tanto suspenso?
—Quédate ahí, no te muevas.
Efraín le dedicó una sonrisa cómplice. La noche se había oscurecido por completo. Abrió la cajuela del carro y, después de revolver un poco, sacó dos cajas rojas y alargadas que le entregó a Bianca.
—Ten.
Ella las tomó y se dio cuenta de que eran luces de bengala, de esas inofensivas y les encantaban a los niños. Lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Tú juegas con estas cosas?
El