Cuando Efraín llegó al estudio de Francisco, faltaban diez para las ocho. Estacionó el carro en la calle, pero no bajó de inmediato. Apagó el motor y se quedó observando la puerta de cristal del local. Hacía tiempo, demasiado, que no pasaba por ahí para conversar con él. Sintió nostalgia, pero fue un sentimiento fugaz que desechó al instante; tenía que enfrentar la realidad. Sabía que, en ese momento, incluso si se sentara a hablar con su amigo, la conversación solo se sentiría forzada y triste