Lo despertó una pesadilla. Efraín se incorporó de golpe en la cama, con la frente perlada de sudor. La imagen de Claudia, cubierta de sangre y con una sonrisa desoladora, se negaba a desaparecer de su mente. No entendía por qué había soñado algo así. Respiró hondo y soltó el aire lentamente, repitiendo el gesto varias veces hasta que su corazón recuperó un ritmo más tranquilo.
Recordó la pregunta que ella le había hecho la noche anterior y la confusión regresó. Todavía no entendía por qué había