—¿Pasa algo? —preguntó Francisco, al notar su gesto. De repente, recordó que no sabía su nombre—. Disculpe, qué grosero, ni siquiera sé su nombre.
—Soy Rubén. Rubén Alarcón.
—¡Usted! —Francisco se quedó paralizado. ¿Era él, el hombre al que todos comparaban con Efraín? Su aura de confianza era ciertamente imponente, incluso más que la de su amigo.
—¿Me conoce? —arqueó una ceja Rubén.
—Claro. No creo que haya nadie en esta ciudad que no conozca su nombre. —Francisco se recompuso de la sorpresa.