Al mediodía, Bianca cojeaba hacia la cocina en busca de algo de comer. Tenía mucha hambre. Antes de que pudiera llegar a la puerta, esta se abrió y Efraín entró.
—¿No sabes tocar? —le dijo ella, molesta. Este tipo la sacaba de quicio.
—¿Necesito tocar para entrar a mi propia casa? —respondió él, y sin más, la levantó en brazos—. Cállate, vamos a comer.
Bianca, que estaba a punto de gritar, se calló y se dejó llevar. La verdad era que no le desagradaba estar en sus brazos. Al darse cuenta de lo