—Fray, ¿qué te trae por aquí hoy? —preguntó Diana Acosta, dando una calada elegante a su cigarrillo. Era la dueña de “El Infinito”, la famosa señora Diana. Aunque ya pasaba de los treinta, su piel era la envidia de chicas mucho más jóvenes. Pero su verdadero tesoro era su sofisticación y su manera de tratar a la gente, algo que las jovencitas ni soñando podrían igualar.
El hombre frente a ella vestía un traje negro impecable que, lejos de hacerlo ver rígido, acentuaba su aire distinguido y elega