Haidar ingresó a la habitación con pasos cautelosos, cuidando de no despertar a Brenda, quien dormía plácidamente entre las sábanas. Por un momento, la observó en silencio, disfrutando de la calma que irradiaba su rostro. Se inclinó y dejó un beso suave y cariñoso sobre su frente, como si ese simple gesto pudiera transmitirle todo lo que no se atrevía a decir en palabras.
El árabe sacó de su bolsillo dos pequeñas cajitas de terciopelo oscuro. En su interior estaban los anillos, esos que había