El río Negro parecía hervir bajo la presión de sus cuerpos. Nix no esperó a que ella cediera; la reclamó con la urgencia de un hombre que ha estado muriendo de sed en el desierto. Su boca se estrelló contra la de Blair con una ferocidad animal, saboreando el hierro de la bofetada anterior y el dulzor pecaminoso del celo. No fue un beso de amor, fue una colisión de necesidades brutas.
—¡SÍ! ¡DEVÓRANOS! —el aullido de Koda era puro instinto—. ¡ROMPE LAS CADENAS, FENRIS!
Nix la sacó del agua, carg