El día comenzaba para Horus y Hespéride antes de que el sol terminara de elevarse sobre las murallas de Krónica. La habitación principal, bañada por una luz tenue y cálida, se impregnaba del murmullo suave del viento que entraba por los ventanales abiertos. Hespéride solía despertar primero; su instinto mágico percibía incluso el más ligero cambio en el aire, y aquello la mantenía alerta desde el alba. A su lado, Horus respiraba con el ritmo firme de quien descansaba después de una noche sin sobresaltos. Cuando ella se incorporaba, él abría los ojos apenas, guiado por ese lazo silencioso que siempre los unió.
Antes de abandonar la cama, se miraban unos segundos. No hablaban, no lo necesitaban. Era una pausa natural, una forma de reconocer que compartían no solo un reino, sino la carga y la fuerza que lo sostenían.
Las horas tempranas pertenecían a la rutina personal del rey. Después de un baño rápido y una ropa sencilla, Horus caminaba hacia el salón de reuniones acompañado por dos gu