El día comenzaba para Horus y Hespéride antes de que el sol terminara de elevarse sobre las murallas de Krónica. La habitación principal, bañada por una luz tenue y cálida, se impregnaba del murmullo suave del viento que entraba por los ventanales abiertos. Hespéride solía despertar primero; su instinto mágico percibía incluso el más ligero cambio en el aire, y aquello la mantenía alerta desde el alba. A su lado, Horus respiraba con el ritmo firme de quien descansaba después de una noche sin so