El tiempo pareció desvanecerse entre los latidos del mundo. Horus, en pie frente al horizonte que ardía con el resplandor de los proyectiles, no pestañeó siquiera. El sonido del viento se desintegró. Las bolas de tierra, aún en lo alto del cielo, parecían suspendidas en una eternidad efímera, tan inmóviles que ni el polvo osaba moverse a su alrededor.
Sus ojos, antes plateados, comenzaron a mutar. Un destello divino los recorrió desde el centro hasta el borde del iris. Doce colores giraron en u