Horus no apartaba la vista. Sus manos subieron por sus muslos, palmeando la suave piel, sintiendo el temblor de los músculos que trabajaban. Sus ojos plateados capturaban cada microexpresión en su rostro: el entrecejo ligeramente fruncido en concentración, el labio inferior capturado entre sus dientes, el destello de éxtasis que cruzaba sus pupilas amatista con cada movimiento interno.
Era una danza de poder y entrega. Ella controlaba el ritmo, la profundidad, el ángulo. Lo estaba explorando, p