Las noticias de las masacres comenzaron a filtrarse como corrientes de aire en una casa rota. No importaba cuánto intentara el imperio de Atlas ocultar la verdad; los rumores encontraban grietas para escapar. Los mercaderes hablaban en susurros en las tabernas de los reinos liberados, los refugiados llegaban con las ropas rasgadas y las manos ensangrentadas, trayendo consigo relatos imposibles de ignorar. Aldeas reducidas a cenizas, niños encadenados y madres arrancadas de sus hogares; pueblos