Mundo ficciónIniciar sesiónEl dolor en su cadera era una pulsación constante, pero no se comparaba con el vacío que sentía en el pecho. Chloe salió del hospital horas después, ignorando las recomendaciones de descanso. No podía descansar. No cuando el informe de embarazo quemaba en su bolso como un secreto maldito.
Sabía que Julian no había ido a su casa después del hospital con Amber. Sabía exactamente a dónde iría: al hotel de lujo donde se hospedaba durante los días de la convención, alegando que necesitaba estar cerca de los socios extranjeros. Qué estúpida había sido.
Chloe llegó al hotel: The Grand Regency, cuando la madrugada empezaba a teñir el cielo de un azul profundo. Se cubrió el rostro con unas gafas oscuras y una gabardina, ocultando el vestido esmeralda que ahora parecía el uniforme de su propia tragedia.
Subió al piso ejecutivo, el corazón golpeaba contra sus costillas. Al salir del ascensor, el silencio del pasillo alfombrado la envolvió. Caminó con sigilo, sintiéndose como una criminal en su propia vida, hasta que los vio al final del corredor.
Julian estaba allí. Seguía con el esmoquin, aunque se había quitado la corbata. Amber tenía el brazo vendado, apoyada contra él con una fragilidad fingida que le revolvió el estómago a Chloe.
—Me dolió mucho, Julian... —susurró Amber, lo suficientemente alto para que Chloe escuchara desde su escondite—. Tu esposa está loca. Deberías hacer algo al respecto antes de que nos haga más daño.
—No te preocupes, preciosa —respondió Julian, y el tono de su voz, cargado de una ternura que nunca usaba con Chloe, fue como un puñal—. Mañana mismo pondré en marcha los papeles para que la evalúen. No dejaré que te toque de nuevo.
Julian se inclinó y la besó con una pasión hambrienta, justo antes de abrir la puerta de la suite. Chloe, con las manos temblando, sacó su teléfono y grabó la escena.
Sus dedos apretaban el dispositivo con tanta fuerza que pensó que el cristal estallaría. Tenía la prueba. La traición ya no era un rumor; estaba allí, grabada en alta definición.
Pero el mareo regresó. La falta de sueño, el impacto emocional y su incipiente embarazo formaron un cóctel devastador. El pasillo empezó a dar vueltas. En ese momento, la puerta de la suite de Julian volvió a abrirse; él había salido un segundo para recoger una bolsa que habían dejado fuera.
“Si me ve aquí, estoy perdida”, pensó Chloe con pánico.
Desesperada, miró a su alrededor. La puerta de la habitación contigua, la 1204, estaba entreabierta. Un camarero acababa de salir con un carrito de servicio y, por un descuido, la pesada puerta de madera no terminó de encajar en el marco.
Chloe se deslizó dentro en el último segundo, cerrándola con suavidad justo cuando escuchaba los pasos de Julian en el pasillo.
Se quedó apoyada contra la puerta, con los ojos cerrados, tratando de que sus pulmones volvieran a recibir aire. El silencio de la habitación era total, interrumpido solo por el sonido del agua corriendo en algún lugar cercano.
Entonces, el agua se detuvo.
Chloe abrió los ojos y el aliento se le escapó por completo. La habitación no estaba vacía.
Frente a ella, saliendo del baño envuelto en una nube de vapor, estaba un hombre. No era Julian. Era mucho más alto, de hombros anchos y una presencia que parecía reclamar cada centímetro de oxígeno del lugar.
Llevaba una bata de seda negra abierta a la mitad, revelando un pecho firme y gotas de agua que aún resbalaban por su piel bronceada. Su cabello oscuro estaba mojado, peinado hacia atrás, resaltando unas facciones tan afiladas que parecían esculpidas en piedra.
Era Ethan Harrison.
Chloe lo reconoció al instante. Todo el mundo en el mundo empresarial sabía quién era él: el "Tiburón de Wall Street", el hombre que compraba empresas competidoras antes del desayuno y las destruía para la cena. Un hombre mucho más poderoso, y mucho más peligroso, que su marido.
Ethan se inmovilizó. Sus ojos, de un gris tormentoso y penetrante, se clavaron en Chloe con una intensidad que la hizo retroceder contra la puerta.
—¿Quién eres y qué haces en mi habitación? —su voz era un barítono profundo que vibró en el pecho de Chloe.
—Yo... yo lo siento... —balbuceó Chloe, dándose la vuelta para intentar huir.
Pero antes de que pudiera tocar la manija, escuchó la voz de Julian justo afuera, en el pasillo. Estaba hablando por teléfono, a escasos centímetros de la puerta.
—Sí, dile al abogado que quiero el informe de salud mental de Chloe para el lunes —decía Julian con frialdad—. Voy a demostrar que no es apta para manejar sus acciones.
Chloe entró en pánico. Si salía ahora, Julian la atraparía y todo lo que había planeado se vendría abajo. No podía dejar que la viera. Sin pensar en las consecuencias, se giró hacia Ethan Harrison.
Ethan ya se había acercado a ella con paso felino. Estaba tan cerca que Chloe podía oler su perfume y algo puramente masculino que la mareó más. Él extendió la mano para abrir la puerta y sacarla de allí, pero Chloe fue más rápida.
En un acto de pura desesperación, ella saltó hacia él y le puso la mano sobre la boca, sellando sus labios con sus dedos temblorosos.
—¡Por favor! —le suplicó en un susurro desesperado, con los ojos llenos de lágrimas—. No haga ruido. Se lo ruego. Mi marido está afuera... si me encuentra, me matará. Por favor, solo un minuto.
Ethan Harrison se quedó inmóvil. Sus ojos grises descendieron desde el rostro de Chloe hasta la mano que le tapaba la boca.
Cualquier otro hombre habría apartado a la intrusa con violencia, pero Ethan sintió una extraña chispa al contacto con la piel de aquella mujer. Notó su vestido arrugado, las manchas de vino que aún quedaban en la seda y el terror que emanaba de ella.
Lejos de apartarla, Ethan la tomó por la muñeca, para sostenerla. Sus dedos rodearon su piel con una firmeza que, extrañamente, no se sintió amenazante, sino protectora.
—¿Tu marido? —murmuró él contra la palma de Chloe, su aliento cálido envió un escalofrío por todo el cuerpo de la mujer.
Ethan miró la puerta y luego volvió a mirar a Chloe. Había algo en ella que le resultaba familiar, un recuerdo de una gala de hacía años, o quizás simplemente la intriga de encontrar a una princesa caída en su fortaleza.
De repente, un golpe sonó en la puerta desde el pasillo.
—¿Harrison? ¿Ethan? Soy Julian Miller —la voz del marido de Chloe sonó fuerte y clara—. Siento molestarlo tan tarde, pero quería confirmar si mañana mantenemos la reunión para el contrato de suministro.
Chloe sintió que el corazón se le detenía. Julian estaba tocando a la puerta donde ella estaba escondida con el mayor rival de su esposo. Si Ethan abría la boca, su vida se acabaría en ese mismo instante.
Apretó más su mano contra los labios de Ethan, sus ojos suplicaban por su vida. Ethan Harrison esbozó una sonrisa lenta y enigmática bajo los dedos de Chloe. En ese momento, ella no lo sabía, pero acababa de entrar en la habitación del único hombre capaz de salvarla...







