Capítulo 4. Una verdad oculta.

Chloe salió del pasillo de los baños como una ráfaga de viento huracanado. El mareo seguía allí, golpeando las paredes de su cráneo, pero la presión era más fuerte.

Los invitados, al ver su expresión desencajada, se apartaban instintivamente, creando un pasillo humano que la conducía directamente al centro del salón, donde Julian y Amber compartían una risa mutua con un grupo de accionistas.

—¡Julian! —gritó Chloe. Su voz fue un látigo que cortó la música de la orquesta.

Julian se giró, su rostro pasando de la molestia a la furia al ver que su esposa estaba haciendo exactamente lo que él le había prohibido: una escena.

—Chloe, basta. Estás haciendo el ridículo —siseó él, acercándose para intentar tomarla del brazo y sacarla de allí.

—¿El ridículo? —Chloe soltó una carcajada amarga, mientras las lágrimas finalmente empezaban a rodar por sus mejillas—. El ridículo lo llevo haciendo años confiando en ti. El ridículo lo estoy haciendo mientras todos en esta sala comentan cómo te acuestas con tu asistente en los viajes que yo misma financio.

El murmullo en el salón se elevó como el rugido de un mar agitado. Julian se puso lívido.

—No sé de qué locuras hablas. Estás borracha o estás perdiendo la cabeza —declaró Julian con una seguridad aterradora, mirando a los invitados como si buscara testigos de la locura de su mujer—. Amber es una profesional excelente. Lo que estás sugiriendo es una calumnia.

—¡No es una calumnia! —Chloe señaló a las dos empleadas del baño, que se habían quedado paralizadas cerca de la entrada—. ¡Ellas lo dijeron! Dijeron que todos en el piso doce lo saben. ¡Díganlo ahora! ¡Díganle a su jefe lo que estaban comentando!

Sarah y su compañera temblaban. Julian las fulminó con la mirada, una mirada que prometía el despido inmediato y la ruina si abrían la boca.

—Señora Harrison... de verdad, no sabemos qué le pasa —balbuceó Sarah, bajando la cabeza—. Nosotros no hemos dicho nada. Usted debe haber escuchado mal... quizá el cansancio...

Chloe sintió que el mundo se volvía irreal. La traición no venía solo de su marido, sino de cada persona en ese edificio.

—¡Mienten! —gritó Chloe, abalanzándose hacia Julian. Lo agarró de las solapas del esmoquin, sacudiéndolo—. ¡Dime la verdad una sola vez en tu vida! ¡Mírame a los ojos y dime que no me engañas con ella!

—¡Suéltame! —rugió Julian, tratando de apartarla.

En el forcejeo, ambos chocaron contra una de las mesas auxiliares cargadas con botellas de vino tinto para el brindis. El estruendo fue sonoro. Las botellas cayeron, estallando contra el suelo en una explosión de cristal y líquido rojo parecía sangre esparcida por todas partes.

Amber, que había estado observando todo con calma, vio su oportunidad. Mientras Julian y Chloe seguían forcejeando y los invitados gritaban, ella se agachó rápidamente.

Sus ojos brillaron con una intrepidez psicópata. Sin que nadie la viera, tomó un trozo grande y afilado de una botella rota y se lo clavó con fuerza en el antebrazo.

—¡Ahhh! ¡Julian, ayuda! —el grito de Amber fue desgarrador.

Julian se soltó de Chloe con tal violencia que ella perdió el equilibrio. Él se giró y vio a Amber en el suelo, rodeada de vino y con la sangre brotando de su brazo, mezclándose con el líquido tinto.

—¡Hizo que me cayera! ¡Chloe me empujó sobre los vidrios! —sollozó Amber, fingiendo un dolor agonizante mientras se abrazaba el brazo.

Julian se transformó. La frialdad se convirtió en una rabia asesina dirigida a su esposa.

—¿Pero qué has hecho? —le gritó a Chloe.

—¡Yo no hice nada! ¡Ella se tiró sola! ¡Julian, escúchame! —intentó explicar Chloe, estirando la mano hacia él.

—¡Cállate! —Julian no la dejó hablar. Con un movimiento brusco y lleno de odio, empujó a Chloe con todas sus fuerzas—. ¡Aléjate de nosotros, monstruo!

El empujón fue tan fuerte que Chloe voló hacia atrás. No tuvo tiempo de meter las manos. Su cadera chocó violentamente contra el borde afilado de una mesa de madera maciza antes de caer al suelo, justo sobre el charco de vino y cristales. El dolor fue un relámpago que le recorrió la columna vertebral.

—¡Llamen a una ambulancia! ¡Amber, mírame, vas a estar bien! —gritaba Julian, ignorando por completo a su esposa, que gemía de dolor en el suelo.

Él la levantó en brazos, con una ternura que nunca más volvió a mostrar por Chloe, y salió corriendo del salón seguido por varios guardaespaldas.

Chloe se quedó allí. Sola. En medio del salón. Su hermoso vestido esmeralda estaba empapado de vino tinto, pareciendo una mancha de pecado.

Los invitados la miraban con desprecio y compasion; para ellos, ella era la esposa celosa y loca que había intentado herir a una empleada inocente. Nadie se acercó a ayudarla y tampoco nadie le tendió la mano.

Con un esfuerzo sobrehumano, Chloe se arrastró fuera del charco. Le dolía el vientre. Un dolor agudo, que empezó a crecer en su bajo abdomen.

Metió la mano en su bolso, que había quedado tirado cerca, buscando su teléfono para pedir ayuda, pero sus dedos rozaron un sobre blanco que el mensajero del hospital le había entregado justo antes de salir de casa y que ella, con las prisas de la gala, no había abierto.

Con las manos manchadas de vino y temblando de frío, abrió el sobre.

Sus ojos recorrieron las líneas del informe médico. Los términos técnicos se borraron hasta que solo quedaron dos palabras que brillaban con una intensidad aterradora en el papel:

RESULTADO: POSITIVO.

SEMANAS DE GESTACIÓN: 6.

Chloe dejó caer el papel sobre el suelo manchado. Un sollozo escapó de su garganta. Estaba embarazada. Llevaba una vida dentro de ella, el hijo del hombre que acababa de empujarla contra una mesa para salvar a su amante.

El dolor en su vientre se intensificó. Chloe se abrazó a sí misma, encogiéndose en posición fetal sobre el suelo frío.

—Perdóname, pequeño... —susurró, mientras las luces del salón empezaban a desvanecerse—. Perdóname por traerte a este infierno.

En ese momento, Chloe Miller supo que su vida anterior había muerto en ese charco de vino. Y que, Julian pagaría por cada gota de dolor y cada lágrima derramada.

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