Capítulo 6. Pánico.

El sonido de los nudillos de Julian golpearon la pesada madera de la suite 1204 resonó como una sentencia de muerte. Chloe sintió que la sangre se le drenaba del rostro, dejándola más pálida que las sábanas de seda que decoraban la estancia.

Sus ojos se abrieron con un pánico animal y, sin pensarlo, apretó con más fuerza la mano que cubría la boca de Ethan Harrison. Podía sentir la vibración de la respiración del magnate contra su palma, un ritmo pausado y profundo que contrastaba violentamente con el galope desbocado de su propio corazón.

—¿Harrison? ¿Ethan? —la voz de su marido, cargada de esa falsa confianza que usaba para cerrar tratos, se filtraba por la rendija de la puerta—. Lamento la hora, pero quería dejarte unos documentos sobre la cooperación que discutimos. ¿Estás despierto?

Chloe cerró los ojos con fuerza, rezando a un Dios en el que apenas creía. “Si entra, estoy muerta”, pensó.

No solo Julian la encontraría en la habitación de otro hombre, sino que usaría esa situación para revertir la narrativa: ella ya no sería la esposa traicionada, sino la adúltera que buscaba consuelo en los brazos de la competencia.

Su reputación, sus acciones y la seguridad del bebé que crecía en su vientre dependían de los siguientes segundos.

Ethan Harrison no se movió. Lejos de mostrar molestia, sus ojos grises brillaron con una chispa de diversión cruel. Él sabía perfectamente quién era la mujer que temblaba frente a él.

La había observado desde la distancia en la gala de aniversario horas antes. Había notado cómo Julian la ignoraba para susurrarle al oído a su asistente, Amber, y había sentido una punzada de desprecio por Miller; un hombre que tenía un diamante en casa y buscaba vidrio de colores en la oficina no merecía su respeto.

Con una lentitud deliberada, Ethan tomó la muñeca de Chloe y la obligó a bajar la mano. Su agarre fue inquebrantable. Se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal hasta que Chloe pudo oler el aroma a sándalo y el rastro de jabón fresco que emanaba de su piel mojada.

—¿Así que la perfecta esposa de Miller ha decidido meterse en la boca del lobo? —le susurró Ethan al oído, su voz era un susurro tan bajo que apenas era un roce de aire—. ¿Qué crees que haría tu marido si abro esta puerta ahora mismo?

—Por favor... —suplicó Chloe en un hilo de voz, las lágrimas acumulándose en sus pestañas—. No lo haga. Él no es lo que parece. Si me encuentra aquí, me quitará todo lo que tengo.

Ethan la estudió. Notó las manchas de vino tinto en su vestido esmeralda, los restos de rímel corrido y el temblor incontrolable de sus hombros. La curiosidad de Ethan se transformó en algo más oscuro y complejo.

Él ya sabía que la relación entre Julian y Amber no era profesional; lo había notado en la forma servil y aduladora en que Julian se comportaba para intentar conseguir la cooperación con su firma.

—Escóndete —le ordenó Ethan, señalando el rincón detrás de un biombo de madera tallada cerca del ventanal—. Y no hagas ni un solo ruido si quieres conservar tu libertad.

Chloe asintió frenéticamente y se deslizó hacia las sombras. Se encogió detrás del biombo, abrazándose las rodillas, tratando de controlar su respiración.

Ethan, en lugar de ir directamente a la puerta, decidió jugar un poco. Sabía que Chloe lo estaba observando desde su escondite. Caminó hacia la mesa de noche y, con un movimiento rápido y aparentemente accidental, dejó caer un vaso de cristal al suelo.

El estruendo del vidrio rompiéndose fue ensordecedor en el silencio de la noche. Chloe soltó un pequeño grito ahogado y, por puro instinto, salió un segundo de su escondite y se aferró al brazo de Ethan, buscando protección.

El contacto de su piel fría contra el brazo firme y cálido de Harrison envió una descarga eléctrica a través de ambos.

Ethan sintió la suavidad de Chloe, su fragilidad real, y por un momento, se olvidó de que era la esposa de su rival. Disfrutó de la forma en que ella se aferraba a él como si fuera su único salvavidas en medio de un naufragio.

—Harrison, ¿está todo bien? Escuché un ruido —la voz de Julian sonó más preocupada desde el pasillo.

—¡Maldita sea! —exclamó Ethan en voz alta, fingiendo molestia—. ¡Solo un momento, Miller! Acabo de romper un vaso.

Ethan apartó a Chloe con suavidad pero con firmeza, obligándola a volver a las sombras. Se ajustó la bata de seda y caminó hacia la puerta. Al abrirla, solo lo hizo unos centímetros, bloqueando el paso con su cuerpo imponente.

Su expresión era de puro fastidio, la excusa perfecta del CEO ocupado que ha sido interrumpido en su descanso.

—Miller —dijo Ethan, con voz cortante —. ¿Tienes idea de qué hora es? No hago negocios en bata de baño.

Julian, que estaba de pie en el pasillo con una carpeta en la mano y una sonrisa servil, retrocedió un paso.

—Lo siento mucho, Ethan. De verdad. No quería interrumpir, pero como vi luz por debajo de la puerta, pensé que quizás estabas repasando los detalles de la fusión. Amber y yo acabamos de terminar de revisar los gráficos y queríamos que los tuvieras de primera mano.

Chloe, desde su escondite, apretó los dientes al escuchar el nombre de Amber. Su marido estaba trabajando con su amante a las tres de la mañana en una habitación de hotel, mientras ella se escondía como una rata. La ironía era dolorosa.

—Tus gráficos pueden esperar hasta la reunión de las diez de la mañana —respondió Ethan, sin mostrar la menor intención de dejarlo entrar—. Mis asistentes se encargarán de revisarlos. Ahora, si me disculpas, estoy cansado.

—Por supuesto, por supuesto —asintió Julian, tratando de no perder su tono adulador—. Mañana a primera hora entonces. Por cierto... —Julian echó un vistazo rápido por encima del hombro de Ethan—, me pareció escuchar un susurro antes de que se rompiera el vaso. ¿Estás acompañado? No sabía que habías traído a alguien al viaje.

Chloe sintió que el corazón se le detenía. Sus dedos se clavaron en la seda del biombo.

Ethan soltó una risa, cargada de una arrogancia que hizo que Julian se encogiera.

—Miller, lo que yo haga en mi habitación y con quién lo haga es algo que no está en tu contrato de cooperación. Y si sigues haciendo preguntas estúpidas, quizás ese contrato ni siquiera llegue a firmarse. Buenas noches.

—Lo siento, Ethan. No quise insinuar nada. Nos vemos mañana —dijo Julian apresuradamente antes de retirarse por el pasillo.

Ethan cerró la puerta y giró el pestillo con un clic que sonó definitivo. Chloe soltó un suspiro largo y tembloroso, dejándose caer al suelo. El alivio la inundó con tal fuerza que sintió que sus músculos se convertían en gelatina.

—Se ha ido... —susurró ella, tapándose la cara con las manos.

Ethan Harrison se quedó de pie junto a la puerta, observándola. Hace unos días, cuando se reunió con Julian en las oficinas centrales, ya había notado que el hombre no era de fiar.

Había visto cómo Julian le enviaba miradas cargadas de significado a su asistente Amber en medio de la presentación, y cómo ella respondía con una familiaridad que cruzaba todas las líneas laborales.

Ethan había decidido guardar silencio porque, en el mundo de los negocios, los vicios del enemigo son oportunidades. Pero ver a Chloe ahora, humillada por un hombre tan mediocre como Julian, le provocaba una extraña mezcla de irritación y deseo.

Caminó hacia ella con paso lento y elegante.

—Tu marido es un idiota, Chloe Miller —dijo él, deteniéndose frente a ella—. Venir a mendigar una cooperación a mi puerta mientras su esposa se esconde a centímetros de él... Es patético.

Chloe levantó la vista, encontrándose con la mirada gris de Ethan. Él no parecía tenerle lástima; parecía estar evaluándola, con la mirada de un ladrón que acaba de encontrar una joya perdida en medio de la maleza.

—No soy Chloe Miller —dijo ella con una chispa de rebeldía, poniéndose de pie con dificultad—. Soy Chloe Sterling. Ese es el apellido de mi padre, el hombre que construyó la empresa que Julian está intentando destruir.

Ethan arqueó una ceja, impresionado por el cambio de tono. La mujer frágil de hace un momento estaba empezando a mostrar sus garras.

—Sterling… —Ethan dio un paso más, invadiendo su espacio de nuevo—. Pues, Chloe Sterling, acabas de entrar en mi habitación sin invitación y has hecho que le mienta a tu marido. Eso tiene un precio.

Chloe retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared. El mareo por el embarazo y el agotamiento físico la golpearon de nuevo. La habitación empezó a dar vueltas y su visión se nubló.

—Yo... tengo que irme —balbuceó, pero sus piernas no le respondieron.

Antes de que pudiera caer, los brazos de Ethan Harrison la rodearon con una fuerza que la dejó sin aliento. Él la sostuvo con firmeza, sintiendo el calor de su cuerpo a través del vestido manchado de vino.

En ese momento, Ethan se dio cuenta de que no quería que se fuera. Había algo en esta mujer que lo intrigaba más que cualquier contrato millonario.

—No vas a ir a ningún lado —sentenció él, su voz cargada de una autoridad incuestionable—. Al menos no hasta que me expliques por qué la dueña de la mitad de las acciones de Miller & Co., está huyendo como una criminal.

Chloe intentó responder, pero la oscuridad finalmente la reclamó y se desmayó en los brazos del hombre que estaba a punto de convertirse en su aliado más peligroso... y en su mayor tentación.

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