El Mercedes negro se detuvo frente a la elegante fachada de ladrillo en West Village. Al bajar del auto, Valeria no sintió el peso opresivo de la mansión principal de Manhattan, sino un eco de algo que creía muerto: la paz. Esta residencia no era un monumento al ego de Leonid Volkov; era su escondite, el lugar donde él se despojaba de la armadura del "Zar" para intentar, aunque fuera por un fin de semana, ser simplemente un hombre.
Valeria recorrió con la mirada la entrada de hierro forjado. Lo