Esa mañana en Manhattan no empezó con el habitual silencio y tranquilidad del ático. Comenzó con el estruendo de los teléfonos y el flash de las cámaras que ya rodeaban el edificio del West Side. Las fotografías de Leonid y Lilian cenando en un pequeño restaurante francés, tomados de la mano y compartiendo una mirada que parecía de amor infinito, se habían colado en todos los periódicos amarillistas. La noticia no era solo un chisme; era la caída del soltero más peligroso y oscuro de la isla.
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