Kateryn se dejó caer en el suelo del baño, apoyando la cabeza contra los azulejos fríos mientras las lágrimas que había contenido finalmente rodaban por sus mejillas. Le temblaba todo el cuerpo. Con los dedos entumecidos, tomó un disco de algodón y lo empapó en antiséptico para limpiar la fina línea de sangre de su labio inferior. El ardor físico no fue nada comparado con el dolor de su dignidad pisoteada; el trauma de haber visto a Sebastián transformado en un extraño capaz de infligirle miedo