POV: Catalina
El sonido del motor del Jeep de Dante se alejó.
Me quedé sola en el parking subterráneo.
El eco de sus neumáticos sobre el cemento pulido se desvaneció, dejándome en un silencio que zumbaba en mis oídos.
Debería haber subido a mi coche. Debería haber llamado al chófer que esperaba en la entrada. Debería haber vuelto a mi papel de esposa perfecta.
Pero mis pies no se movían.
Estaba temblando. No de frío, sino de una reacción química violenta: la mezcla de terror y amor.
De repente, el ruido volvió.
Neumáticos chirriando. Un frenazo seco.
El Jeep negro apareció marcha atrás por la rampa.
Dante.
No se había ido.
Aparcó el coche cruzado, bloqueando el paso, como si quisiera detener el mundo entero con su parachoques oxidado.
Bajó del vehículo antes de que el motor se apagara.
Caminó hacia mí. Sus pasos eran pesados, furiosos.
—No puedo —dijo, deteniéndose a un metro de mí.
—Dante...
—No puedo dejarte aquí, Cat. No con esa mirada. No con ese miedo.
Se pasó las manos por la ca