96. Convencida de la verdad
Y así la sonrisa más hermosa qué puede haber visto le pertenece a éste ángel qué tan rápido como un destello de la estrella más resplandeciente de la noche que acompaña a un deseo. Altagracia no recuerda cómo se respiraba.
Sus manos sudan, más de lo qué pensó. La palabra salió de su boca sin pensarlo, y mientras se fija aún más en la sonrisa del precioso bebé frente a sus ojos, sus manos empiezan a sudar peor qué antes. La necesidad por cargarlo, por sostenerlo entre sus brazos carcome los pens