71. Un horrible presagio
Altagracia la suelta, y Maribel baja las manos, un tanto sorprendida por su reacción. Altagracia se sacude las manos, roja por la ira y por los recuerdos de esa noche, desconfiando de ésta mujer.
—Delante de Dios y pidiendo dinero. ¿Cómo sé yo qué no miente? —gruñe Altagracia—. Estoy a nada de mandarla a la cárcel por sospecha.
—Tenemos qué ir por partes, señorita Ximena. Sé qué puede dudar, pero yo sólo le estoy diciendo lo qué sé. No más —Maribel acomoda su cartera, carraspeando porque el aga