El silencio que siguió a mis palabras fue ensordecedor.
Diego me miró fijamente, su rostro convertido en una máscara de devastación. Lentamente, cayó de rodillas otra vez, esta vez no por el shock, sino por completa desesperación.
—Esperanza, por favor —susurró, con la voz quebrada—. Sé que no me lo merezco, pero por favor, dame una oportunidad más. Haré lo que sea para arreglar esto.
Las lágrimas corrían por su rostro mientras se arrastraba hacia mí. —Me equivoqué en todo. Estuve ciego y fui es