Eso fue el colmo.
La gota que derramó el vaso.
—¿Cómo te atreves? —solté, avanzando hacia él—. Tiraste esas palomitas a propósito. Y ni se te ocurra negarlo… vi perfectamente la expresión que pusiste cuando lo hiciste.
La gente a nuestro alrededor ya empezaba a quedarse mirando, pero en ese momento me daba igual.
—Me has faltado al respeto desde el primer día —continué, clavándole un dedo en el pecho—. Me has menospreciado, humillado y tratado como si no valiera nada. Pero sigo siendo la Luna de