Pero apenas logré enderezarme, sentí que toda la habitación se inclinaba de repente. Las piernas me fallaron y tuve que sujetarme del lavabo para no caer. Aquella debilidad que ya conocía volvió de golpe, solo que esta vez era mucho peor. Más intensa. Más difícil de ignorar.
Apreté con fuerza el borde de mármol hasta que los nudillos se me pusieron blancos, esperando a que el mareo desapareciera. Frente al espejo, mi reflejo parecía más pálido de lo normal, casi sin vida. Durante un instante ate