Perspectiva de EllaEl repentino contacto de las manos de Alexander en mi espalda, expuesta por el atrevido escote de mi vestido, hizo que la piel se me pusiera en llamas.—¿Y por qué haría algo así, cariño? —se rió—. Últimamente no deja de hacer esas bromitas, todo porque anoche olvidé masajearle los pies."¿Masajearme los pies?", me pregunté.No sabía qué me resultaba más extraño: su risa, el abrazo o ese supuesto masaje de pies. Las tres cosas eran tan poco propias de él que, por un segundo, hasta me pregunté si en los últimos treinta segundos lo habían cambiado por un doble.—Tú nunca me masajeas los pies —siseé, empujando las palmas contra su pecho—. Eres un mentiroso.Alexander ni se movió y soltó una risa baja.—Mujeres —bromeó.Algunas personas alrededor se rieron. Las únicas que no lo hicieron fueron Sophia y Gabriel. Mi padre, por mantener las apariencias, apenas dejó escapar una risita.—Alexander, ¿de qué estás hablando? —susurré, cada vez más molesta—. Y suéltame...Enton
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